Una pequeña charla.
De apenas unos minutos. Recostada y el silencio más la gente del salón. Un sonido, un aroma y la sensación de peso y vaivén de olas por todo el cuerpo.
Y en el relax y la calma, apenas por un instante él me habló. Mi testigo silencioso, ese de bien adentro. El que te habla cuando te callás, cuando dejas las anécdotas, cuando no te aturdis, cuando todo alrrededor se para. Inclusive vos. Y yo.
Hoy, y solo por hoy él me habló de alegria. El me habló de ver el sol, del viento en la cara, de caminar aún a costa del dolor. De transformar la incomodidad, o de transitarla. Permaneciendo y aguantando un rato. Bancarse en esa quietud, en ese instante donde todo parece inconcreto, inconcluso, lleno de incertidumbre. Donde las cosas molestan y falta más. Pasar por ahi, quedarse ahi, dejar un rato de lado el miedo. Llorar si hace falta, hacer berrinche, usar todas las carilinas necesarias, putear lo deseado, vomitar algunas sinceridades, cambiar los muebles de lugar, cortarse el pelo, buscar un color, cortar la ropa que te aburre, poner flores en la mesa, colgar un par de cuadros, incorporar una dos plazas, vestirse de verde, mirar a alguien que te gusta sin bajar la mirada, expresar lo que sentis en ese momento, romper algunas reglas, quebrar la ley, armar una mochila.
Hoy me habló de disfrutar la vida, aún a costa de que no esté lo que ansío. Aún a costa de su demora, aún sin enamorarme, aún sin hijos, aún creyendo estar vencida. Fue solo un rato de charla. Creo tal vez unos dos o tres minutos. Si pudiera escucharlo más seguido. Quizas me sorprendería oirlo. Justo ahi, en ese instante, donde todo para. Inclusive yo.
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