Llegué sin ganas de llegar.
No tenía ganas de hacer ningún ejercicio, ni grupal ni individual. Uno de esos dias donde si alguien me llevaba era mejor.
Como parece que mi terapeuta, sin yo expresar siquiera mi estado de animo, supiera del mismo, propuso hacer la actividad. La consigna fue: dia jueves, una limpieza de grupo. Pendientes de los buenos y de los otros con todas mis compañeras. Sin siquiera esperar a que alguna hable ya empecé a llorar. Necesitaba limpiarme desde que empecé el dia. Me aguanté el llanto laboral en la terraza de la oficina mirando el cielo encapotado que prometía una pronta lluvia. Lluvia como mis lágrimas, porque yo quería nomas explotar.
Asi que vino bien la limpieza. Vino bien escuchar el enojo de algunas compañeras por mi DESCUIDO, por mi falta de limites. Vino bien escuchar que eso no es tan normal, que puede preocupar y alterar a los demás. Escucharlas fue escuchar a mis padres, hermanas y amigos. Nada que no hubiese escuchado antes, nada que yo no sepa. Lo que sí sé es cuánto me cuesta. Cuánto me cuesta ésto de aprender a cuidarme. Como voy y vengo en el intento. Cuánto temor le tengo a mis extremos, cuan dubitativa y débil me siento frente a ellos. Cómo temo no poder controlar que la vida me coma y comerme la vida. Y pensaba en algo cuando me tocó hablar con cada una de ellas. No hay cosas buenas y malas. Solo dos caras de la misma cosa. Como una característica llevada al extremo puede causar enojo y a la vez la misma característica equilibrada, bien dirigida, enfocada y bien usada puede causar admiración. Dos caras de la misma cosa. Una cosa que en sus extremos me rompe las bolas pero en su sano equilibrio admiro. Suena raro no? suena asi porque antes lo veia separado, como me veo a mi. Pero hoy pude darme cuenta que dos o más cosas pueden habitar un mismo lugar, a una misma persona. Solo que nosotros vemos las partes y no el TODO.
Como me gustaria contarles lo que me gustaria aprender a cuidarme. Y que me salga. Y mantenerlo. Y pararme sobre mis propios pies. Y poder vincularme no desde la necesidad con un otro sino primero sentirme bien parada para poder pararme ante él. Ser una mujer. Con todas las letras. Y cuánto me falta compañeras. Voy en camino, subo, bajo, tropiezo, doy tres pasitos y me vuelvo, me olvido, me distraigo, tomo atajos, me canso, me acelero, freno.
Una mirada, un hielo que se derritió para transformarse en ternura, una pasividad que quiere ser acción, una inseguridad que busca ser segura, una gran madre, un espacio de libertad. Y mi agradecimiento eterno a seis maravillosas mujeres que comparten conmigo cada jueves.
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