Quería leer, en la apacible tarde, gris, como quien espera la lluvia en calma, sin proponerse casi nada, sin pensar en casi nada, sin esperar.
Sola, en mi sillón naranja, después del miedo que me produce esta soledad, alimentos, muchos de ellos, después de la ansiedad de casi ceder, de casi bajar, de atraconar el sentimiento de lo que hay.
Mi ventana, que muestra un pedazo de cielo, bien nublado, eterno. Mi almohada de cervical, la tintura hecha, la que tapa las canas que se ven, la que denotan mis años, no son tantos pero sí.
Y así dormir. Un sin querer. Una siesta que me enternece, que me pinta niña y mujer a la vez. Con la inocencia de un no querer, con la pequeñez de un nacido, con un sueño bien vívido. En un bar, con mis papás, casi una casa, toda mezclada, tios, compañeros y un motoquero. Un buen café, un buen bailar, en la terraza que estaba arriba. Y cien abrazos que él me dió, entre una danza particular. Me movía, me movía, como un trompo al que nada le importa, sólo sentir...y asi ahi fue, el abrazo se transformó en un beso, primero suave, después intenso, caluroso, cariñoso.
Me desperté, lo recordé. Sonreí y lo repetí
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