Paseos en color, extraños seres, arboles inmensos, resbalan entre mis ojos, detengo el sueño, lo aprieto, lo estrangulo despacio a ver si cede. Pero se levanta, intenso él, por cavidades de mi vejez, por los poros de estos años, por la mente que se me acalla, por el hueco de mi desnudez y la desmesura del alma.
Lo encierro, como para ver si me deja en paz, pero él canta, con agudas melodias, despertando el deseo, dejándomelo ver, viajando lento, en espumas que viscozas aparecen, cuando ya creo que es hora de descansar. Una casa, un destierro, lleno de agua y lo quiero. Unas flores, las pinturas, el silencio y algo eterno. Vos, el vuelo, los cuerpos que se desvisten, dejan paso a la lluvia, me acarician, me enternecen, me dejan para no irse porque los tengo justo enfrente, me descubren, me estremecen, me fusilan y luego vuelven.
Una paz, una dicha, las cadenas que me obligan a encerrarme, no las quiero, las detesto y las entierro. Y se acercan sigilosas, en murmullos, en atuendos, en espejos insondables, en aprietos en momentos...una imagen, una voz, redondeces y soy yo, ya no se qué quiero ver porque esqueleto dejé de ser.
Esos sueños, ideales, algo locos, no casuales, no consigo alejarlos, van conmigo de la mano.
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